Estaba sentado, tomando un café. Hacia poco había mirado el reloj de la cocina y marcaban las 3:02 AM. Sabía que en cualquier momento o el teléfono o el timbre iban a sonar.
Me levanté para prender la tele, no podía dormirme. Tenía un insomio gigantesco, pero en el fondo, era porque tendría que haber salido y no lo hice.
Suena el timbre. Algo dentro mio sonrió. Me dirigí hacia la puerta y la abrí lentamente.
-¿Puedo pasar?-. Me dijo destilando un aliento a alcohol de su boca.
-¿Tan temprano hoy? De la previa te viniste para acá-. Le respondí mientras bostezaba.
-¿Ya te vas a dormir?-. Me preguntó con los ojos llorosos.
-No, pasa-. Le dije dando vuelta los ojos.
Entro y se desplomó en el sillón, en su sillón. Me señaló la cocina y me dijo con los labios "agua".
Me crucé de brazos y comencé a analizar que iba a decirle ahora.
-¿Es tu hobby venir todos los sábados a la madrugada a mi casa?-. Dije irónicamente.
Cerró los ojos y se largó a llorar.
-Me dejo, otra vez-. Dijo moqueando.
Fui a la cocina a traerle el maldito puto vaso de agua. Siempre era lo mismo. Él la dejaba, y ella venía corriendo a descargar sus emociones en mis brazos. Me usaba y yo, yo la amaba.
Nada peor que la persona amas no te ame es amarla sin tener esperanzas de que algún día te pueda amar porque esta rota.
La miré mientras ella lloraba. Estaba tan desprolija, tan chiquita. Era una tazita de porcelana. De aspecto sólido y fuerte pero tan frágil por dentro. Un solo golpe y se rompe en pedazos.
Su vestido negro estaba arrugado. Tenía los zapatos en la mano y la cartera atravezada en su pecho.
-¿Me vas a traer agua o no?-. Dijo despertándome de mi observación.
-Si. Anda desvistiendote, ¿Llamo a tus amigas?-. Le dije mientras iba a la cocina, con un tono de autoridad.
Era una nena caprichosa maleducada, necesitaba límites.
Agarré un vaso de la alacena y cuando estaba a punto de abrir la callina me abrazó por la espalda.
Como me gustaban sus abrazos, si algo deseaba en todo el mundo era morir en ellos todas las noches.
-Te quiero estúpido-. Me dijo mientras se reía y tambaleaba.
-No-. Le dije decidido. -Si me quisieras jamás me abandonarías por el primer tarado con auto y plata que te cruzas, estas muy confundida-. Le dije apartándola de mi.
Se quedó en silencio. Me miró fijo y me besó. Después se fue corriendo y se tiro en mi cama.
Deje el vaso y fui tras ella, ciego.
La levante cuidadosamente y la cambié. Le puse su pijama, que era una vieja remera mía y la metí en la cama. Puse la alarma a las 6 y me acosté así como estaba a su lado.
Siempre que le rompían el corazón volvía a mi, porque sabía que yo podía rearmarselo cada vez que ella quisiera, pero lo que ella no sabía era que cada vez que yo la arreglaba a ella me rompía cada vez más a mi.
La tapé y le di un beso en la frente. Ella me agarro la cara y me beso, apasionadamente.
La bese, como nunca. Estaba tocando a la mujer que amaba pero jamás iba a tenerla para mi.
La amaba, mierda que la amaba. Me volvía loco. Tenía algo que arruinaba todo mi sistema. Tenía la contraseña de mi.
Lo que ella no entendía era que yo sufría.
Me acosté a su lado y ella se acurrucó en mi pecho. Comenzó a enrular mi pelo en su dedo y se durmió.
La alarma sonó.
La sacudí para despertarla. Se levantó. Se vistió. Se lavo la cara y me besó.
-Creo, creó que te amo-. Me dijo sonriendo. -Mañana te hablo-. Cerro la puerta.
Me dijo eso y me quede pensando que la tenía, que siempre la tuve y en realidad no la amaba.
viernes, 22 de enero de 2016
Picky
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