A mi corazón ya no le conmueve tu partida,
ya no llora por las noches al recordar los momentos compartidos,
los besos que me diste, las risas sostenidas.
Mi mente ya no piensa en lo que podría haberte dicho,
en lo que pude hacer o en que fue lo que has sentido.
Tampoco busco cuáles eran las palabras correctas para vos o en que hubiese pasado si tan sólo más lento hubiese caminado.
Ya no me torturo con la típica pregunta ¿y si las cosas hubiesen sido diferente me hubieras elegido?
o ¿si no existirán mis prontas actitudes, que hubiese sucedido?
Ya no sueño en que fue lo que te sucedió para haberte ido,
de esa manera,
tan pronto,
tan cruel,
sin tacto, con maltrato desmedido,
rompiendo cada una de mis ilusiones que nunca llegaron a tener algún destino,
porque ahora estoy llena de olvido,
y colmada de violencia,
porque ya no te perdono que me hayas dejado herida a la mitad de la paciencia.
Es que vos sos sos eso,
la indiferencia.
Vos y tu inconsistencia,
vos y tu ambivalencia,
vos y tu autoinsuficiencia.
Sos lo que haces, lo que hiciste y nunca serás lo que me dijiste o prometiste,
porque te abriste de par en par ofreciendo un cuarto para quedarse a dormir,
porque insististe en que visite el hotel que te habías construido hacía poquito, pero lo demoliste al segundo de que mi cuerpo había concurrido,
y no te importó si todavía estaba adentro
ni si me habían lastimado los escombros que produjo ese desprendimiento,
no sé si alguna vez serás consciente de que explotó una bomba nuclear que no avisó de su trascendimiento,
fue un estruendo espantoso que no se escuchó en toda la existencia de ese momento,
es que en un lapso de dos horas estaba tirada en el piso con la vida rota,
tratando de ponerme de pie cuando a vos solamente te importaba mi derrota,
entonces ya no me da lástima cuánto te han dañado,
si te viste amenazado o
si en ese preciso instante estabas pasando por un mal momento.
La rabia que crece dentro mío me consume lentamente, se está tornando en una enfermedad que lo único que hará es pudrirme más y más,
es que tengo ganas de gritarte que ojalá te quedes para siempre solo y que el ego te consume,
que mereces cada dardo que cualquier mujer proyecte con el mero objetivo de estropear tu órgano bombeador,
que ojalá camines arrodillado pidiendo piedad en el lumbral del amor,
que te levantas por los días y le reces a todos los santos que ojalá algún día puedas ser feliz,
que cada vez que tropieces con una piedra te acuerdes de mi cara y en lo mal que me la hiciste pasar esa tarde anaranjada,
que te duela la cabeza de tanto recordar el desastre que tu curiosidad causó,
porque eso va a ser lo único que nos unirá de acá a toda la eternidad: las ganas de que sufras como yo.