miércoles, 18 de junio de 2014

15 de junio

Dolía. Todo dolía. Escuchar su nombre, ver sus fotos, recordar su voz, sentir sus caricias, ver su sonrisa, oler su perfume.
Recordar aquellos días, nuestros, nada más, donde lo único que realmente importaba éramos él y yo sentados, no importa donde, viviendo nuestro amor. Contándonos anécdotas, riéndonos de memorias, jugando, llorando, peleando.
Recordar tanto lo bueno como lo malo, porque cuando una persona se va, hasta lo malo se transforma en bueno. Hasta los corazones duros se transforman en débiles y llorar parece ser la única solución a eso.
¿Cómo iba a sacar de mi cabeza para siempre su boca diciéndome “te amo” o sus promesas diciéndome “siempre juntos”? ¿Es posible eliminar de tu mente, de tu alma, de tu ser, de tu corazón a esa persona? Esa persona que te enseño tanto de la vida, esa persona que, por un momento era tu única compañía.
¿Y ahora qué? ¿Qué se hace con las fotos? ¿Qué se hace con los recuerdos?
Quemarlos.
Sin dudas, hay que recordar que NUNCA se olvida, es imposible borrar la memoria del ser humano. El único capaz de eso es el tiempo, los años. Pero, hay que esperar. Todo se supera, todo pasa.
El tiempo cura, sana. Las heridas se cierran y se abren unas nuevas. Todo vuelve a empezar, la vida es un ciclo. Todo termina, tarde o temprano. Nada es eterno.
Nada vuelve a ser igual.
Nada.