Él no sabe todos los sentimientos que dominan mi ser. No conoce mis pensamientos más profundos ni mi capacidad de sobrepensar. No se imagina lo posesiva que puedo ser ni las historias que armo en mi cabeza cuando no me puedo dormir.
Él no me conoce, porque a la tercera vez que interactuamos ya estábamos deshaciéndonos de nuestra ropa en el suelo de su habitación, y es que solamente me bastaron cincuenta palabras, un par de preguntas, dos horas de charla y un encuentro para permitirle entrar a mi vida, sin que sepa cómo estoy emocionalmente.
Le advertí que quizás la cerveza que había tomado de más era la que estaba causando que sea tan extrovertida, porque realmente no lo soy, pues si bien hablo mucho y siempre toco diversos temas de conversación, cuando se trata de amor soy una ovejita, una nena de quince años que observa desde lejos al que le gusta en el recreo, soy la que se refugia en el centro de la vergüenza y timidez, evadiendo así afrontar la realidad.
-Estoy re loca- le susurré mientras acariciaba cada uno de mis lunares.
-A mí me viene bien, soy introvertido- dijo, sin inmutarse, mientras me regalaba la sonrisa, esa sonrisa por la que accedí a tener una cita.
Y en ese momento comprendí que no dimensiono la seriedad de mis palabras, no. No estoy loca. Quizás la expresión correcta es que siento demasiado.
"Chau loca". Recordé aquellas dos palabras que me dijo alguien una vez en el pasado después de despedirnos.
¿Cuántas veces ya habían puesto en tela de juicio mi cordura? ¿Y personalidad? MILES. No me alcanzarían ni diez manos para contarlas. Es que es sencillo caratular a las personas que sentimos y expresamos demasiado, las personas que nos abrimos y comunicamos lo que nos pasa.
Y si, creo, a ciencia cierta, que era la primera vez que alguien, cara a cara, se reía y me decía que estaba bien, que sea loca, que él necesitaba una loca. Alguien que al siguiente día de vernos, luego de no responderle un mensaje, me propuso un plan para compartir tiempo juntos y no solo eso, sino que al proponerlo recordó algo totalmente minúsculo que le comenté, como que los domingos me gustar ver un programa de televisión. Alguien que no invade mis espacios, alguien que los respeta, alguien que me escucha, que le interesa. De todos modos tampoco es ningún santo como para empezar a prenderle velas, pero en estos tiempos, donde el detalle queda olvidado en la esquina del rincón más recóndito de la mente, esto es algo que vale la pena.
¿Cuántos hombres pasaron por mi vida a los cuales no les interesó en lo más mínimo que no estaba loca? ¿Cuántas veces tuve que repetir el mismo discurso? ¿Cuántas veces les pedí que sus planes personales los hagan en los días que no hayamos hecho nuestros planes? ¿Cuántas veces le rogué su tiempo y atención? ¿Cuántas veces le pedí que mejore su relación con él mismo? ¿Cuántas veces le pedí que no me apague? ¿Cuántas veces le supliqué que me diga la verdad? ¿Cuántas veces tienen que perderme para luego volver a buscarme?
Siempre, todos y cada uno, recuerdan una vez que me perdieron que fui, soy y seré la mujer de su vida, siempre luego de haberme lastimado y haberme catalogado como la loca. Cuando saben que no estoy loca.
Él jamás será él, ni él, ni el último hombre que me atrajo el año pasado.
¿Cuántas veces tienen que herirme para darse cuenta que soy lo que quieren?Decime cuántas, para después venir con el papel de héroe hipócrita que pide perdón por actitudes que nisiquiera dimensiona ni comprende. Solo pide disculpas porque es lo más fácil y lo que corresponde. No hay una introspección ahí, hay egoísmo y narcisismo disfrazado de necesidad, porque me dejaste o te deje por tus actitudes y soy yo la que demonizan en la relación, cuando todo el tiempo mi único error fue entregar mi corazón y pretender que ames de la misma forma que yo, porque me sale así, porque me entrego en cuerpo y alma en la relación, porque siento y amo demasiado.
Encima tienen el descaro de cruzar todo el camino de piedras arrodillados, suplicando que los comprenda, que les de otra oportunidad simplemente para sentirse bien con ellos mismos, ya que si realmente les importara no volverían, porque saben que no están a la altura de lo que merezco ni son lo que necesito. Es que son tres meses en los que cambian, para dos días después volver a flanquear.
Yo quiero que desnudes tu alma, que me muestres tu vulnerabilidad, que me cuentes tus secretos más oscuros y me otorgues la confianza necesaria como para romperte el corazón y yo quiero entregarte lo mismo a vos. Quiero darte el poder de que en cualquier momento me puedas clavar el cuchillo y retorcerlo hasta desangrarme, pero aún así no lo hagas. Se que eso no es para cualquiera, ya que la confianza es un camino lleno de rosas y espinas, que pinchan y desangran, que armonizan y entusiasman. Eso es el amor, es darle un revólver a la otra persona sabiendo que puede apretar el gatillo cuando quiera, pero no lo va hacer. Eso es la confianza.
Entonces, un viernes a las dos y cuarto de la mañana, después de haber rechazado su propuesta y que no me haya respondido más, mi mente fantasea en si cuando salga a bailar le envío un mensaje a las tres de la mañana preguntándole qué está haciendo para que me diga que está viendo una película o está tomando algo con los amigos, y efectivamente este haciendo eso, o me haya mentido y este jugando con el corazón de otra estúpida como yo, así le respondo que buena onda, pero por dentro reprima mis ganas de pedirle que me invite, procurando y deseando con todas mis fuerzas que me suplique que vaya corriendo a tirarme en sus brazos, para pasar esa noche juntos, cuando lo conocí hace menos de una semana e intercambie menos de cinco mil palabras con él.
Esa soy yo y esa seré. El lema de mi vida siempre será que prefiero sacarme la duda que quedarme con las ganas, porque llorar es algo que me sale natural y sufrir es algo que sé, conozco y no le temo, por lo que me secare las lágrimas una vez más mientras encuentro un nuevo hombre que amar.