Lo miré. Estaba serio, mirando la gente que pasaba enfrente de
nosotros. Estábamos sentados en el cordón de la vereda. Entre los dos había
tensión, desde que mi error causó un quiebre en la relación ya nada era igual,
no era lo mismo. Notó que lo miraba y giró su cabeza hacia mi; clavó sus ojos
marrones en mi y fue ahí que comprendí que estaba vacío, que estaba frío,
distante, que ya no era él. Comprendí que su mirada ya no era mía, que su sonrisa
se había desaparecido, que en su mente ya no habitaba yo, sino, algo más.
Y como te conocía y lo predije, como te conocía y lo supe,
ya me habías dejado de amar. Pero, ¿cómo se le dice adiós a la persona que
amaste por tanto tiempo sin poder lastimarla? Yo también lo había dejado de
amar, hace mucho tiempo, en realidad, nunca terminé de sentir que lo amaba.
Cuando pensaba en él, en nosotros, en todo lo nuestro, aquello que llamábamos nuestro,
siempre me surgía un pero. Sentía que había algo, no sabía que, ni tampoco como
ese sentimiento había llegado a mí, pero estaba, carcomiéndome los huesos, apartándome
del amor que creí tener habitando dentro mío.
Abrió su boca, despegó sus finos labios, a los cuales estaba
acostumbrada pero notaba fríos al besar y lanzó esas cinco palabras que ningún
enamorado quiere oír, que ningún amante quiere oír, que nadie jamás en la faz
de la tierra quiere oír.
-Creo que tenemos que hablar-. Terminó de pronunciar esa
frase tan reconocida y sentí que mi corazón se paralizaba, o tal vez comenzaba
a funcionar.
-¿Hablar? ¿De qué?-. Respondí asombrada.
-Siento que, ya no funcionamos bien juntos-.
Él estaba dejándome. Esa debí ser yo, pero, ¿Por qué no lo
hice? Aparto su mirada de la mía y sentí como mil cuchillos eran clavados en mi
corazón, en mi alma, en mí ser.
-¿Esto significa un adiós? Porque creo que yo todavía no
quiero dejarte ir, nos queda mucho por recorrer. Podemos volver a empezar, ya
no voy a cometer el mismo error, confía en mí, ¿Vos confías en mí?-. Estaba dándole
un monologo interminable, con razones estúpidas y a la vez me preguntaba porque
esas palabras salían de mi boca si esta separación era lo que había estado
esperando tanto tiempo.
-No, no confío en vos. Ese es el problema, sino hay
confianza en una relación, no hay nada-. Me dijo con una voz quebradiza.
-Ya te pedí perdón, todos nos equivocamos y todos merecemos
segundas oportunidades-. Dije.
-No sé, lo tengo que pensar-. Se levantó y me saludó con un
beso en el cachete.
-¿Así te vas? ¿Terminó todo? Necesito razones-. Cuando terminé
de decir eso comencé a llorar. Volvió hacia mí y me beso. Fue el beso más lindo
que jamás me habían dado.
-Te amo, chau-. Comenzó a caminar hacia ningún lado, hacia
la nada. Pensé en seguirlo, correrlo, sentía por mis venas que lo amaba, el
corazón lentamente me dejaba de latir, sentía como se rompía lentamente pero
no, yo no estaba enamorada, yo no me enamoraba. Lo pensé y lo dudé y preferí
observar como el amor de mi vida se escapaba de mis brazos, de mis ojos, de mis
besos.
Pero, yo quería eso, yo me había buscado eso, ¿Por qué ahora
me dolía verlo partir? Sentí que estaba perdiéndolo todo y eso dolía, dolió,
duele e iba a doler. ¿Y ahora qué?