Necesitas un nuevo par de zapatos. Empezas la búsqueda a través de internet, o recorres las distintas zapaterías de tu ciudad buscando aquel par de zapatillas, de sandalias, de botas, que te hacen falta.
O puede ser que no los busques, y un día navegando por la web o paseando por un shopping pases por una vidriera y los veas, y digas: ¡quiero ese par de zapatos!
Al principio todo es ilusión. Se siente tan bien buscar algo nuevo, ¿no? Se siente tan bien encontrar el par de zapatos que te gustan, y necesitas.
Todo es ilusión: la ilusión de ir a comprar, la ilusión de elegir el modelo más lindo, la ilusión de elegir un calzado que sea cómodo, la ilusión de pensar en qué ocasiones voy a usarlo, la ilusión de armar outfits con estos nuevos zapatos que te gustan tanto.
Una vez que los tenes en la mano y son tuyos, volves a tu casa con una sonrisa en la cara. Ahora te invade por todo el cuerpo la ilusión de usarlos.
Llegó el día que vas a ponerte tu par de zapatos.
Los sacas de la caja, con cuidado, porque es la primera vez que los vas usar y no queres ensuciarlos.
Pero como todo en la vida no es color de rosa, y como toda primera vez, hay que acostumbrarse a ellos.
Salis a la calle, y estás lista para caminar. Al comienzo esta todo bien, pero a medida que avanzas duele. ¿Por qué me está doliendo tanto este par de zapatos? Es obvio, tus pies tienen que moldearse a este nuevo zapato, pero duele, y nadie va a negar que es una molestia que duela.
De repente sangra. La parte donde está el tendón del pie, el dedo pulgar del pie, el dedo meñique del pie, todo se pone color rosa. La piel se rompe. Arde. Duele. Aprieta. Incómoda.
Pero como todo, empieza a pasar.
Ya te acostumbraste al dolor de tus nuevos zapatos, y ya no los sentís. Va a llegar ese un día que estés caminando con tus zapatos nuevos y no te duela más y sentís que lo peor, ya pasó.
Pero no. Cuando creíste haberte acostumbrado vuelve a doler.
¿Pero, cómo, no se había acostumbrado ya mi pie a este zapato?
Poco a poco, duele, poco a poco deja de doler, y poco a poco vuelve a doler.
¿Por qué pasa esto con mi zapato si estaba bien con él? Es que te empezaron a quedar chicos o quizás te equivocaste de talle al elegirlos.
O quizás quisiste encajar tanto con tu par de zapatos y quisiste que te queden bien, que te lastimaste.
O puede ser que de tanto usarlos, se hayan roto o se hayan gastado.
¿Siguen siendo cómodos? No, ya no me gustan ni me siento a gusto con ellos. Me aprietan, están rotos.
¿Hice todo lo posible para aguantar y seguir usandolos? Si.
¿Funcionó? No.
Y entonces, ¿ahora qué hago? Dejar ir ese par de zapatos.
Eso es el amor, dejar de usar el par de zapatos que tanto te gusta porque se gastaron, porque por más que sean lindos y cómodo ya no te hacen bien. Te puede encantar el modelo, te puede gustar el color pero evidentemente al usarlos no te haces un bien.
Los podes guardar en una caja y guardarlos en algún galpón, armario, o donde sea que quieras guardarlos.
Los podes dejar cerca por si algún día volves a tener ganas de usarlos, o lo podes guardar bien lejos llegando al límite de nunca jamás volver acordarte que tuviste ese par de zapatos.
Esa es tu elección.
Al principio duele desprenderse de tu par favorito, aquel par que te acompaño a tantos lados y fue parte de tu vida.
Aquel par con el que compartiste risas, llantos, fiestas, cumpleaños, cenas, almuerzos, meriendas, viajes, salidas, películas, parques, paseos.
Cuesta, pero es necesario.
Una vez que dejamos ir ese par de zapatos que aprietan, que incomodan, que duelen estamos listos para comprar un nuevo par de zapatos.
Y si, con el tiempo va a llegar tu nuevo par.
Quizás algún día llegue ese par que nunca se gaste, ese par que te guste siempre, ese par que no le hayas errado con el talle, y ese par que te de todo lo que buscas en un zapato.