Se subió al auto. Sus piernas le temblaban más que nunca. Parecía una virgen que estaba por perder su pureza. Le estaba arrebatando otra vez la virginidad. ¡Oh mi Dios! Estoy pecando, me estoy acostando con el Diablo pensaba mientras lo veía manejar. No era un auto muy impresionante, es decir, en comparación a la ostentación que a esta persona se le atribuía. Ni siquiera lo podía llamar persona porque era la maldad en estado puro. Las horroridades que él mismo había causado. Causaba mal a donde su figura concurría. ¡Oh mi Dios! Ella por el Diablo moría.
Frenó el motor y la sentó en su falda contagiandóle las ganas de revolcarse por la vida. Por favor no, no te olvides lo que soy y que esto ante los ojos del se no la dejó terminar. Volvió a encender el motor y sus plegarias cesaron cuando el caño de escape comenzó a escupir otra vez.
La llevó a un motel barato. Rata el Diablo. Se sacó su velo y lo tiró por el barranco. Después de esto jamás podría volver a verle la cara a las hermanas, aunque una parte de sí se sintió liberada.
El Diablo, viejo cliente, muy conocido, subió sin hablar con el gerente. La agarró de la mano y le terminó de desmoronar el mundo. Era su última oportunidad para salir corriendo, pero como ya sabemos, no lo hizo.
Entraron a la precaria, insulsa y opaca habitación que los esperaba. Las paredes crujían, el piso rechinaba. Parecía que los había estado aguardando, que quería contemplar el episodio en primer lugar. Quería exprimirle el jugo a los quejidos, no dejar pasar ningún sonido. Quería ver como el Diablo hacía suya a una soldada del señor.
Fue a los 15 cuando decidí ser monja, en realidad, iba a misa porque en mi familia era lo primordial. Rezar, comer. Dios era todo. Si Dios lo dice es porque es así. Jamás estuve de acuerdo con las políticas ortodoxas de la Iglesia, siempre creí que su versión de la biblia era muy estricta. Es muy abarcativa y todo lo que divulgan nunca lo cumplen. Para mí, la biblia son palabras escritas bonitas. Lindas metáforas. Lindas las monjas. Lindos los curas. Ninguno vio a Dios. Nunca. Jesús no escribió la biblia, ni Dios. ¿Cómo voy a creer en algo que no viví? Escéptica.
Decidí, entre comillas, ser monja. Me entregué a Dios. No amo a Dios. Ni amo al Diablo. Me gusta pecar.
¡Oh mi Dios! Gritó. El Diablo la miró y comenzó a ser más duro. Fumando un cigarro lo hacía mejor. Tomó un trago de whisky y sonriendo le dijo: Tengo todos los malditos putos vicios de la Tierra. Hago todo lo que Dios no dice que hay que hacer. Mediocre. Fantástico. Todos me odian. Eso amo. Pero a lo que más amo es a vos. Sos mi vicio mayor.
Ella se sonrojó pero no dejó de gozar. Estaba en un motel basura dejando de ser lo que fue durante toda su vida, la única verdad que sus ojos conocieron. Estaba acostándose con el enemigo de su marido. Aún peor, estaba consiguiendo la llave al infierno.
La noche pasó. El día llegó. Se había dormido en las garras del mal. Le rasguñó la espalda y se despidió. Ya no era más monja, ya no era más propiedad de Dios. Ahora era propiedad del Diablo y eso, eso le encantó.
Si Jesús tu moriste en la cruz para salvarnos a nosotros, yo morí de amor por él, entonces, ¿Morí para salvarlo? Pero él no me ama, entonces, ha si do envano, ¿Por qué has muerto tu en la cruz si yo no te amo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario