lunes, 18 de mayo de 2015

estación

Las hojas amarillas de este otoño verano-invierno (es ilógico que lo mencioné así porque es un intermedio entre ambos) caen de aquel árbol sin sentir culpa alguna al dejar de formar parte de la integridad del mismo y yo, parada abajo de este me pregunto si puedo ser una hoja amarilla, ¿puedo dejarme caer sin sentirme mal al alejarme de vos?
Debo pero no quiero, y recapacito que nadie les preguntó a ellas si quieren irse o prefieren quedarse pero lo hacen igual porque es su naturaleza.
Alzó la vista y el sol se esta yendo, las nubes lo cubren majestuosamente y el día se pone nublado. Hay una leve brisa que recorre mis brazos desnudos que poco a poco, la piel que los cubre se eriza.
Tendría que haberme traído una campera pienso. Miro hacia abajo y pateo las hojas confundida. Vuelvo alzar la vista y veo a su dueño. Estático, sin importarle la gran perdida pero que más da, si es un árbol. Ni los árboles ni las hojas tienen sentimientos, no son seres subjetivos. Qué más da, si en seis meses vuelven a crecer unas nuevas y vuelve a resplandecer. Va a pasar frío, y lo sabe, va a correr el riesgo de secarse y morirse pero no le importa porque no lo sabe, no tiene conciencia de eso. Qué más da, si después siempre hay más y esa hoja que se cayó, esa minúscula hoja que forma parte de un gran número de hojas que estoy pisando yo nunca le importó, nunca le significó nada, solamente un paso, un abrigo, algo para estar la primavera y el verano.
Entonces comprendo por qué no le importa alejarse a esta hoja; no va a demorar donde no la aman.




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