A medida que uno crece debe tomar decisiones, decisiones que nos llevan a enfrentar distintas situaciones. Un día llegó el momento de tomar esa decisión.
¿Debo entregarme al amor sin que me importe la condición social, el futuro económico y la opinión de los demás? ¿O debo ser sensata y no hacerle caso a mi corazón?
El problema es que a veces no es el corazón, es el impulso y el deseo de sentirse bien con esa persona, y también es el miedo a no ser feliz. Es el miedo a equivocarse una vez más.
Siempre he creído que el destino baraja las cartas y uno intenta jugar su mejor mano pero a veces lo que dice la cabeza no es congruente con lo que dice la intuición.
¿Abrirme a sentir su amor o vivir mi vida preguntándome que hubiera pasado si hubiera apostado mi vida por su amor?
En otro momento me hubiera abierto a sentir, por más que eso duela, pero hoy lo dudo porque crecí.
Si dudo significa que he cambiado y si he cambiado significa que mi corazón ya no corre desesperadamente hacia él porque piensa y el corazón no debe pensar.
Si mi corazón no corre hacia él, la decisión es clara y sencilla. Si la decisión es fácil, ¿por qué no quiero tomarla? ¿Por qué me sigo enredando en este juego?
¿Acaso lo quiero? Si el amor no es un juego.
¿Realmente me gusta él o me gusta cómo me hace sentir? ¿O me gusta la sensación y la adrenalina de saber que estoy viva?
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