domingo, 2 de agosto de 2020

Duele poco, es barato. Duele mucho, cuesta caro.

A veces aprender una lección duele poco y cuesta barato.
A veces duele mucho y cuesta caro.
Cuesta un amor, cuesta una amistad, cuesta un familiar, cuesta un sueño. 
Siempre fui una fiel creyente de que cada situación que acontece o cada persona que se cruza en nuestra vida viene a enseñarnos algo.
¿Qué nos viene a enseñar? Ese es el interrogante que debemos resolver durante el dolor.
Una vez que la mente se aclara y el dolor va desvaneciendo la respuesta a qué me enseña llega sola. Llega sola como llego esa persona o esa situación a nuestra vida.
No hay que forzar al corazón ni a la mente a que se apuren a descubrir el enigma, recordarlo y seguir adelante. Hay que dejar sanar. 
Quizás es un poco tarde y quizás es una falta de respeto de mi parte tomarme el atrevimiento de decir que he sanado cuando rompí cada uno de los platos que encontraba en el camino.
Quizás me podría llegar a reír de que hace un tiempo creaba tormentas en el mar mientras lastimaba a las personas. 
Pero aprendí y no me arrepiento.
Lloré lo que tenía que llorar, me levanté del suelo y seguí porque en la vida todo sigue.
Pese a que a veces puede doler poco o doler mucho y que pueden quedar pocas o muchas cicatrices se siente bien crecer. 
¿Qué si me arrepiento? No.
¿Por qué no? Porque en ese momento yo era así. No sabía y por eso tuve que aprender.
¿Alguna vez tengo que arrepentirme? Si, cuando en el futuro vuelva a suceder la misma situación y yo vuelva actuar de la misma forma que lo hice en el pasado.
¿Por qué? Porque entonces significa que no aprendí y todo mi sufrimiento fue en vano. 

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