Y ahí estaba yo, parada en la barra de la pista de baile con un trago en la mano. Había leído en una revista que pararse en la barra con un trago en la mano y bailar al ritmo de la música atraía a los chicos. Este "movimiento" les daba a entender que eras una chica con onda y divertida. Esa noche había salido porque una vez más mi corazón estaba roto. Mis amigas me habían convencido más que nada ya que hubiese preferido quedarme en casa, acostada, llorando mientras veía por octava vez "3 Metros Sobre el Cielo".
El boliche ya estaba aburrido para mi gusto. Sonaba la música electrónica lo que me daba la certeza que debían ser ya las 3:30 AM, y habíamos llegado a las 3 así que me quedaban unas 3 horas más ahí adentro cruzándome a toda la gente que no quería ver, ejemplo: él.
Cerré los ojos y me dejé llevar por ese sonido que me daba ganas de mover la cabeza a todos lados. Las chicas seguramente ya estaban con sus chicos, y yo, estaba sola, una vez más.
Mire al de la barra y me sonrió. Me conocía. Siempre iba ahí, con él. Ahí nos habíamos cruzado por primera vez.
Estaba dando una vuelta y prácticamente mis amigas me arrastraron hasta él. No estaba nerviosa ni nada porque no me importaba, jamás lo había subido a ningún tipo de pedestal ni siquiera lo había tenido en cuenta, para mi no existía. Lo saludé como si su presencia me diera igual e intenté escuchar lo que me decía entre todo ese ruido.
Le devolví la sonrisa y miré hacia el tumulto de gente. Deseaba encontrar a alguien conocido para poder irme de ese maldito lugar. Podría haberme ido sola al baño, ya era grande y siempre me gustaba perderme en el boliche pero esa noche no me dieron ganas. Algo me dijo que tenía que quedarme ahí.
De repente, oí su voz.
Mi pequeño mundo comenzó a colapsar. Empecé a derrumbarme por dentro. Las placas tectónicas, que conformaban mi mundo, empezaron a romperse provocando desastres naturales como terremotos. Mis mares ahogaron mis países destruyendo a mi vegetación y de repente, estaba inundada de sus recuerdos
Era una idiota. Sabía que era viernes y sabía que ese era su boliche. Estaba parada en su barra, estaba en su territorio. Parecía que era apropósito que estaba ahí. Como que lo estaba esperando para poder hablar con él después de lo que había sucedido.
Nunca podía ponerle un punto final a nuestra historia. En realidad, no existía un nuestro en los momentos compartidos, no había un historial que se llame nosotros. Nunca habíamos sido nada y quizás eso me dolía todavía.
No lo miré. Ni siquiera me inmuté. Me quede ahí, paralizada, con mi trago en la mano y mis ojos cerrados. Juro que podía escuchar el latir de mi corazón aún incluso a través de la música que estaba al tope.
Si me iba era muy obvia e infantil pero si me quedaba era muy pesada y agobiante. Cualquier decisión que tomará en ese momento de alguna u otra manera me iba a ridiculizar.
Lo saludo y me voy. Ese podría haber sido mi plan. Hasta que lo peor pasó.
Apareció mi amiga, con unas copas de más, gritando mi nombre y haciendo que él gire y se de cuenta que a pocos pasos suyos estaba yo.
Si en ese preciso momento, si en ese preciso lugar y si en esa precisa hora hubiera tenido la habilidad de ser invisible la hubiera usado. Si tuviera el poder de desaparecer, de ser tragada por la tierra o si tuviera un reloj que parara el tiempo lo hubiera usado.
Abrí la boca y me quede perpleja. Él me miró y se rió. Si me iba ahora era una estúpida pero si me quedaba sin decir nada era una acosadora.
Tomé todo el valor del mundo y decidí tocarle el hombro. Pero, ¿y si no me saludaba? ¿Y si me comía un amague? ¿Y si quedaba más estúpida de lo que se podía llegar a quedar?
Hola le dije. No se dio vuelta. Cerré los ojos y bufané. Mis ojos amenazaron con llenarse de lágrimas y mi corazón comenzó a fracturar los pedazos ya rotos. Era como una ruptura post-ruptura. Como si cada pedazito de mi corazón se volviera a fraccionar en otro pedazito, que tenía astillas que me pinchaban el pecho.
Largue el aire que estaba aguantando, agarré a mi amiga de la mano y comencé a dirigirme hacia el patio y lograr que mi amiga tome aire, y que yo refresque un poquito mis ideas. Que apague mi fuego. Que calme mi ira. Que seque mis lágrimas.
Él no me siguió. Tampoco me frenó como hacen en las películas. Él hizo algo peor, él me ignoró.
Me juré a mi misma nunca jamás de los jamases volver a pararme en su barra y mucho menos salir los viernes.
Mi amiga me relataba todas las cosas que le habían pasado en menos de una hora y yo ya me quería ir de ahí. No le escuché ni una sola palabra. Mi cabeza estaba poblada de sus frases suyas o de conversaciones.
Justo cuando lo estaba olvidando decidió volver.
Llegué al patio y mi amiga se cruzo a uno de sus chicos. Si amas a algo déjalo libre pensé, ya va a volver la muy zorra.
Agarré mi celular con la esperanza de que este borracho y me haya llamado como la otra vez. Estaba esperanzada con recibir un mensaje, o algo pero nada. Vacío.
Decidí que no me iba arruinar la noche y volví a la pista. No estaba más en la barra. Me mordí los labios, me toqué las uñas, hice los gestos que hacía cuando estaba incómoda.
Me froté la nariz y lo vi. Parado con un trago en la mano riéndose con sus amigos. Nunca lo había visto reírse a carcajadas y esa imagen me asustó.
Si pasaba por adelante de él era obvia pero si me iba no iba a estar a mano conmigo misma. Entonces otra vez entre la espada y la pared. Espere en una esquina oculta de todos hasta que decida irse a dar una vuelta solo o a que se vayan sus amigos y lo dejen. 4 de los 5 que estaban con él se fueron.
Tomé la iniciativa y decidí salir a la luz para que me vea.
Me saludo con la mano y sonreí.
¿Era todo? Pregunté. Soy una ilusa. No nos dimos nada más, solo un buen gesto.
No podía soportar ni 5 minutos más en su mismo ambiente.
Todo seguía igual, él lejos de mi.
miércoles, 9 de marzo de 2016
Versión REALISTA
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