Aún sigo pensando que quizás era más fácil marcharme esa tarde de abril
o que realmente hubiese bastado con alejarme de ahí.
Nunca pude comprender que fue lo que tuve que haber hecho
ni si la vida una vez más me demostraba, que por más que intente, mi rumbo jamás sería derecho.
Pero las palabras son en vano y las promesas, rotas,
porque todavía recuerdo tus manos cada vez que la soledad me toca.
Y no basta con mirar, diciéndole al olvido, que te borre para siempre, ya que te has ido.
Pues no alcanza con confesarle a mi sombra que en mi memoria solo sos uno más de mis momentos vividos,
si todavía sigo navegando en el mar de lo que he perdido.
¿La solución era clara o la inventé llamándola destino?
¿Acaso era suficiente apartarme, mientras suspiraba:
"que pena fue encontrarnos en distintos caminos"?
Evidentemente la respuesta era: no nos tocaba hacer juntos este recorrido.
Tal vez hubiese sido más fácil entregarme al placer de lo desconocido,
sin pensar tanto en lo que hubiera sucedido.
Tal vez hubiese sido más factible que no dude tanto y decida el sentido,
pero ya no es tiempo de lamentarse cuando llora lo querido,
ya no es tiempo de recordarte mientras juegas al descuido.
Las dudas me atormentan y mi cabeza no encuentra paz.
Comprendí que es caro el precio de la propia felicidad,
pues no alcanza con lo hagas o lo que dejes de prometer,
si siempre en esta vida uno más dos será tres...
puede ser que en la próxima vida nos podamos comprender.
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