Tenía la boca más grande que el corazón, la lengua más filosa que una katana.
Sus carnosos labios pronunciaban las más hermosas mentiras.
Y ahí, a su derecha, estaba yo; alimentándome a base de ellas, inundando mi cuerpo de sus falsas palabras, haciéndolas parte de mis días, usándolas como guía al momento de tomar todas las decisiones de mi vida.
Su viril voz se apoderaba de mi ser, sus ojos azules me confundían, me engañaban sus dulces besos.
Parado enfrente mio intentando simular lo eterno, mientras a escondidas, amaba otros cuerpos.
No te atrevas a volver a herirme. No te atrevas a volver.
Estoy tan cansada de fingir no ser, la enamorada, la que esta relación no le importa. la que no apuesta por nada, pensar como vos.
Seguirte todo el juego, disimular que tus acciones me hacen bien, que lo mal que me tratas jamás me duele.
Si tengo que utilizar cinco adjetivos para describirlo, serían egoísta, vanidoso, orgulloso, soberbio y narciso. Solamente pronunciaba la verdad cuando era hora de hablar de las cosas que hacía, que decía y lo bien que se sentía siendo quien era.
No soportaba saber la idea de que existía alguien en el mundo que lo amaba más de lo que se amaba él. Ese alguien era yo. Y no me dejo ocupar ese lugar. Y eso me duele, me carcome los huesos, me mata en vida.
No me permitió curarlo, no me permitió entrar en él.
No me dio la oportunidad de enseñarle que el amor a veces es algo más y que siempre, pero siempre va más allá.
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