Y entonces te vi. Tenías puesta la misma ropa que el día que te conocí. Y entendí.
La línea que había trazado finalizaba su recorrido, cerrándose en un círculo perfecto. Un círculo que no se puede abrir. La historia que nunca empezó había terminado justo en ese instante, justo ahí, frente a mis ojos, solo frente a mí, porque siempre fue así.
Junté cada uno de los pocos pedazos de mi dignidad que todavía estaban desparramados en el suelo y me fui. Abracé fuerte mi orgullo y sonreí.
No miré atrás, porque mirar atrás demuestra inseguridad y de los dos, yo nunca lo fui.
No hay comentarios:
Publicar un comentario